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Los datos de la Red Uruguaya de Monitoreo de INIA confirman que el frío invernal deprime y retrasa las poblaciones iniciales del insecto, pero la persistencia de lluvias y maíces guachos puede reactivar el riesgo hacia el verano

El complejo del achaparramiento del maíz, una de las mayores amenazas sanitarias, cuenta con una sólida base de información científica para proyectar su comportamiento en nuestro país. Tras dos zafras consecutivas de relevamientos ininterrumpidos, la Red Uruguaya de Monitoreo de Chicharrita (RUMCI) —liderada por el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) junto a instituciones públicas, cooperativas y empresas del sector— aportó el primer mapa integral sobre la dinámica de Dalbulus maidis, el insecto vector responsable de transmitir los patógenos causantes de la enfermedad.

Al evaluar la relación directa entre el clima y la plaga, los investigadores determinan que la intensidad del frío invernal resulta clave para reducir la supervivencia del insecto. Mientras que el invierno benigno previo a la zafra 2023-2024 favoreció la explosión poblacional del vector, los dos últimos inviernos (2025 y 2026) se caracterizaron por registros severos y una mayor frecuencia de heladas, con una marcada acumulación de días por debajo del umbral térmico de los 5 °C en zonas como Salto Grande y registros estables en La Estanzuela.

Esta rigurosidad térmica invernal actuó como un freno biológico que disminuye las poblaciones invernales y posterga la aparición masiva de la chicharrita hacia finales de la primavera. Sin embargo, el informe técnico de INIA advierte que las bajas temperaturas por sí solas no eliminan el peligro sanitario. En un escenario consolidado del fenómeno de “El Niño”, los excesos de humedad y las lluvias continuas suelen prolongar el ciclo de los cultivos, dificultar los controles de malezas y favorecer el rebrote sostenido de plantas voluntarias o “maíz guacho”, reservorio indispensable para que el insecto sobreviva y multiplique las bacterias y virus que transmite.

Los resultados históricos de la red confirman además un patrón estacional y geográfico muy definido en el país. Las poblaciones de Dalbulus maidis permanecen en niveles sumamente bajos durante el invierno y la primavera, inician una curva ascendente a partir de enero y alcanzan sus concentraciones máximas entre febrero y mayo, con un impacto que se concentra con mayor fuerza en el norte y el litoral oeste del territorio. Paralelamente, los estudios detectaron que la infectividad de los vectores fue menor en la última campaña frente al ciclo precedente, aunque se constató la presencia activa de patógenos como Spiroplasma kunkelii, el virus del mosaico estriado y el virus del rayado fino del maíz.

Frente a la conjunción de bajas poblaciones de salida invernal pero con condiciones de humedad propicias para el desarrollo vegetativo y la aparición escalonada de hospederos, los especialistas de INIA recalcan que el manejo agronómico temprano será el factor decisivo para evitar sorpresas productivas.

La eliminación exhaustiva de los maíces voluntarios (maíz guacho) antes de la implantación, la priorización de fechas de siembra tempranas como estrategia de escape temporal y la elección de híbridos con tolerancia genética comprobada —especialmente en planteos tardíos o de segunda— conforman las principales herramientas defensivas. A su vez, se recomienda un monitoreo visual riguroso desde la emergencia del cultivo hasta la etapa de diez hojas desplegadas (V10), momento crítico donde la infección causa los mayores daños en el potencial de rendimiento.

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