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Por Alfredo Lago 

La recuperación del mercado internacional abre una oportunidad para el arroz, pero el repago del endeudamiento, la mejora de la competitividad y una adecuada planificación de la nueva zafra serán determinantes para acortar el período de recuperación del sector.

Buscando cerrar esta trilogía de columnas sobre la “verdad y la realidad” del sector arrocero del país, e inmerso ya en una nueva zafra, compartiré algunas reflexiones sobre lo que nos deja esta adversa situación, pretendiendo, además, aportar ideas para mitigar los efectos de la crisis y lograr acortar el período de recuperación.

Como ya expresé en publicaciones anteriores, las causas de esta realidad no son responsabilidad del productor; no la generamos nosotros. Sin embargo, al igual que en las crisis anteriores, es el propio productor quien carga no solo con las consecuencias, sino también con la responsabilidad de tomar y gestionar medidas para afrontarlas y salir de ellas, tanto desde lo individual como desde lo colectivo gremial.

La pérdida económica registrada durante estos dos años de resultados negativos se tradujo en un fuerte incremento del endeudamiento para la mayoría de los cultivadores de arroz. Vista y conocida la magnitud de esa deuda, se necesitan dos factores para lograr su repago: recuperación de los precios y tiempo —o plazo— para hacerlo.

El factor principal, sin dudas, es el precio del arroz.

Varios coincidimos en que el mercado internacional y regional dejó atrás el piso de precios. Hoy vemos reportes de negocios en distintos puntos del mundo que muestran una recuperación de los valores, y nuestras industrias están captando mejores cotizaciones.

El fenómeno de El Niño y su posible intensidad podrían acarrear importantes efectos negativos sobre las cadenas de suministro del arroz en regiones donde el consumo es relevante. Si bien hasta ahora no ha habido afectación en la producción, venimos de años de alta producción mundial que generaron los mayores niveles de stock de arroz de la historia. Previendo posibles daños futuros, tanto países exportadores como importadores están tomando medidas para anticiparse a esos perjuicios, lo que ha incrementado el volumen de transacciones entre Estados y, por lo tanto, ha impulsado los precios.

Ahora bien, para que esta recuperación se consolide, deberán concretarse los efectos climáticos negativos previstos, aunque ello también impactaría sobre muchos arroceros del mundo.

A su vez, en los países productores de arroz no asiáticos, como consecuencia de los bajos precios registrados en los últimos dos años, se está produciendo una disminución del área de siembra. Ya ocurrió en Estados Unidos, con una caída superior al 20% de la superficie, y también lo veremos en los países del Mercosur. Se trata de una consecuencia natural, observada en crisis anteriores. A esto se sumarían los efectos adversos de El Niño, que podría afectar tanto el área a sembrar como los rendimientos debido al exceso de lluvias.

Todos estos factores refuerzan la recuperación de los precios desde una perspectiva regional.

Desde lo local, también existen factores internos que inciden sobre el precio que recibe el productor.

El arrocero percibe un precio residual. Del valor de exportación deben descontarse los costos industriales, que comprenden el proceso de molinería y toda la logística necesaria para colocar el producto en los mercados. Cuanto menores sean esos costos, mayor será el precio que reciba el productor.

La gestión de esos costos depende exclusivamente de las industrias, por lo que las decisiones en ese ámbito deben ser eficientes. De allí la insistencia de la Asociación Cultivadores de Arroz (ACA) en la necesidad de reducir los costos industriales, tal como quedó establecido en la resolución de su última Asamblea Extraordinaria. Lamentablemente, en este punto aún no observamos medidas de impacto por parte de los molinos.

No debemos olvidar el denominado "costo país", un componente de enorme importancia en la estructura de costos tanto productivos como industriales. Las políticas económicas del gobierno de turno inciden directamente sobre la competitividad del sector. En Uruguay, esa competitividad suele ser insuficiente y, como la magia no existe, el resultado termina siendo negativo para toda la cadena.

Parte importante del valor obtenido por nuestras exportaciones es el reconocimiento internacional que tiene el arroz uruguayo. Ese prestigio permite alcanzar valores superiores a los de nuestros competidores.

La cadena arrocera ha desarrollado una estrategia para posicionar nuestro arroz por su calidad, inocuidad, seriedad en las relaciones comerciales y por la búsqueda permanente de una mayor participación en nichos específicos de mercado, vinculados a distintos tipos de grano (largo ancho, medio, corto, aromático y diferentes procesos de elaboración), con el objetivo de captar un mayor valor.

Por ello, es oportuno reconocer y valorar el acuerdo alcanzado por una de las industrias uruguayas, Casarone S.A., con el mayor operador de arroz de Australia para producir sus variedades en Uruguay y canalizar, a través de ellos, la comercialización de esos granos, precisamente dentro de esos nichos de mercado.

La propuesta que esta industria está realizando a los productores consiste en ofrecer un rango de precios, con un mínimo y un máximo pactados de antemano, que, comparado con el último precio provisorio, resulta muy superior.

Se trata de una muy buena noticia para los productores comprendidos en ese negocio. Pero también genera un efecto positivo para el conjunto del sector, ya que presiona al resto de las industrias a desarrollar alternativas similares. Porque, obviamente, todas necesitan encontrar esquemas que generen mayor valor para el arroz que comercializan.

Quienes hemos insistido en la necesidad de una mayor competencia, en todos los órdenes, debemos dar la bienvenida al acuerdo alcanzado por la dirección de Casarone.

Volviendo al tema del endeudamiento, el otro componente clave para afrontarlo es el tiempo. Está directamente relacionado con el precio: este determina el resultado económico y, por consiguiente, la capacidad de pago y el plazo necesario para cancelar las deudas.

Como analicé en la columna anterior sobre los ciclos económicos del sector arrocero, las gráficas muestran que los ciclos positivos, que ojalá ya estén comenzando, tienen una duración promedio que no supera los cinco años. Por consiguiente, ese debería ser el horizonte sobre el cual estructurar los planes de pago.

En ese sentido, el BROU ya adoptó medidas para que sus clientes arroceros puedan reperfilar sus deudas a cuatro años, incluso con la posibilidad de incrementar hasta en un 20% el monto de sus créditos.

Valoro y agradezco estas acciones del Banco República.

Lamentablemente, los productores financiados por esta institución no alcanzan al 30% del total. Por lo tanto, una gran parte de los arroceros aún no dispone de instrumentos adecuados para reestructurar su endeudamiento.

La ACA está trabajando en una herramienta financiera que alcance a todos los productores. Sin embargo, la experiencia demuestra que estos procesos son complejos y, por lo tanto, lentos, lo que hace pensar que difícilmente esa herramienta pueda estar operativa antes del inicio de la siembra, previsto para setiembre.

Mientras tanto, los productores dependen de alcanzar acuerdos individuales con sus acreedores, principalmente con las industrias, que son sus principales financiadores. En ese ámbito no existe una solución uniforme ni una medida de aplicación general.

Por ello, considero pertinente recomendar, una vez más, que todos los arroceros procuren fortalecer su vínculo con el BROU pensando en futuras necesidades de financiamiento.

No desconozco las dificultades que muchas veces enfrenta un productor para iniciar esa relación, pero entiendo que vale la pena insistir.

En otro orden, y pensando específicamente en la zafra 2026/27, es fundamental dimensionar correctamente el módulo productivo, cuantificando con precisión los recursos disponibles.

La tierra. Utilizar únicamente aquellas superficies que puedan expresar su mayor potencial.

El agua. Siempre que sea posible, operar con los sistemas más eficientes, especialmente en lo que refiere al costo por hectárea.

La maquinaria. Ajustar el área de cultivo al parque de maquinaria disponible. No es un momento para invertir. Es preferible reducir la superficie antes que comprar un tractor, un implemento o una cosechadora.

La mano de obra. Adecuar la cantidad de empleados al tamaño de la chacra. No parece aconsejable incorporar nuevo personal en este período, más aún cuando debemos priorizar un buen relacionamiento, de mutuo beneficio, con quienes ya integran nuestros equipos.

El financiamiento. Este es un recurso con muy poca elasticidad, porque la necesidad de dinero por hectárea está determinada por los costos de producción. En la medida de lo posible, debe procurarse el crédito con la menor tasa de interés disponible. Hoy el costo del dinero pesa, y mucho. Por eso insisto en la importancia de fortalecer el vínculo con el Banco República.

La diversificación. Es una práctica poco extendida en el sector y, en muchos casos, prácticamente inexistente. Sin embargo, debemos buscarla.

El 70% de los productores son arrendatarios y una gran parte tiene como única actividad el cultivo de arroz, lo que significa que, para la mayoría, existe una sola fuente de ingresos.

La llegada del cultivo de soja a las zonas arroceras ha abierto algunas posibilidades de diversificación. No es una alternativa viable para todos, pero está permitiendo mitigar riesgos y generar un segundo ingreso.

La explotación ganadera constituye la combinación económicamente más atractiva para incorporar al sistema arrocero. Sin embargo, tanto el acceso a la tierra como los recursos necesarios para desarrollar una actividad ganadera hacen que esa opción resulte prácticamente inaccesible para muchos productores.

La prestación de servicios con maquinaria representa otra oportunidad. En algunas regiones existen más posibilidades que en otras, pero, cuando surjan, deberían aprovecharse. Es una actividad que puede generar buenos ingresos, ya sea brindando servicios a otros productores arroceros, a los ganaderos con quienes se realizan las rotaciones o en trabajos de caminería.

Asimismo, considerando que varias cuencas arroceras se encuentran próximas a zonas forestales, también debería procurarse generar vínculos para prestar servicios a ese sector. Puede ser complejo acceder a ese mercado, dado que generalmente trabaja con contratos de mediano y largo plazo y con condiciones muy definidas, pero puede transformarse en una excelente alternativa, no solo para diversificar ingresos, sino también para proyectar una eventual reconversión.

Quizá este concepto resulte fuerte y a muchos les parezca demasiado radical, pero hoy el sector arrocero no enfrenta únicamente desafíos coyunturales, propios de los ciclos económicos. También enfrenta desafíos estructurales. Y, en ese contexto, el tradicional productor arrendatario dedicado exclusivamente al cultivo de arroz tiene los días contados.

Verdades que deja esta realidad.

 

 

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